A fuerza de reduccionismos, puede decirse que hay dos grandes conjuntos de espectadores para “La Odisea”, en la recién estrenada versión del director Christopher Nolan. Por un lado, los que no leyeron el poema atribuido al mítico Homero. Por otro, los que sí lo hicieron. Para los primeros, esta realización será una delicia. Para los otros, no tanto.

Entre el presupuesto (250 millones de dólares), las locaciones donde se filmó (Grecia, Italia, Marruecos, Islandia, Escocia y los Estados Unidos), los 2.000 extras y el vestuario de 5.300 trajes (con profusas licencias), el resultado es un espectáculo visualmente muy atractivo. Es, en cuanto “tanque” cinematográfico, un producto que a lo largo de casi tres horas entrega acción, aventura, terror, intrigas y drama. Así que aquellos que han aclamado la saga de “El señor de los anillos”, y han delirado con las dos entregas de la franquicia “300”, y se han deleitado con las dos entregas de “Furia de Titanes”, aquí se sentirán ampliamente contenidos.

En un punto, la película que elabora Nolan está pensada para ese “gran público”, que ha llegado a la mitología, a la historia antigua y a los clásicos literarios a través del séptimo arte y no mediante las horas de papel que demanda la lectura.

Precisamente, para quienes han leído “La Odisea”, puesta por escrito hacia el siglo VIII antes de Cristo (imposible datar desde cuándo la cantaban los aedos como Femio y Demódoco), la cuestión no es tan simple. Una cosa debe quedar clara: el filme no pierde espectacularidad (mucho menos ante la pantalla grande). Pero la adaptación sacrifica demasiada significación.

Divinas pruebas

Con 2.800 años de vida, “La Odisea” ha sido ya vastamente analizada. De lo mucho que sobre ella se ha escrito, resultan particularmente trascendentes las interpretaciones referidas a que cada una de las dificultades que enfrenta Ulises (Odiseo, para los griegos), son, en realidad, metáforas de las pruebas a las que debe enfrentarse el hombre. Entonces, no son monstruos ni deidades los que encuentra en su camino, sino que son instancias que se deben superar. Desde esa perspectiva, las licencias (en general, son más bien omisiones) del largometraje no resultan detalles menores. Lo que falta no se extraña por una cuestión de ortodoxia por el clasicismo. A estas alturas, nadie espera que un texto de casi tres milenios sea llevado al pie de la letra al celuloide. Pero lo que “falta” en la adaptación contemporánea, por momentos, sabotea la comprensión de lo que le ocurre al héroe.

Quienes vayan a ver “La Odisea” de Nolan sin conocer mucho de esa gesta pueden llevarse alguna idea equivocada. Por momentos, algún desprevenido podría interpretar que Ulises es un desafortunado mortal que, como precio por no dejarse devorar por un monstruoso cíclope, terminó enojando al Poseidón, padre de la aberración. Así que convertido en el ser humano con la peor mala suerte del planeta, está condenado a vagar por los mares y sufrir la pérdida de sus compañeros.

Sin embargo, si tantos siglos después sigue tan vigente (y le dedican semejantes apuestas cinematográficas) es porque “La Odisea” habla de mucho más que de un náufrago que escapa de brujas y pelea contra criaturas sobrenaturales.

Nadie sabe de “Nadie”

En el filme de Nolan, Polifemo, el cíclope, nunca conversa con Ulises. Se dedica, solamente, a devorar soldados dentro de su cueva y a dormir. Pero en el poema clásico, conversan y mucho. Y Ulises lo engaña. Le ofrece vino y lo embriaga. En su beoda felicidad, el monstruo le pregunta su nombre. “Nadie”, le contesta el veterano de Troya. Y el rey de los cíclopes promete, como premio, que será aquel al que devorará en último lugar. Sin embargo, cuando se duerme lo ciegan, quemándole su único ojo. La mayoría de los cautivos logra escapar y cuando Polifemo deja la cueva le grita a los otros de su especie que lo atacan. Pero cuando le preguntan quién lo agrede contesta: “Nadie me hace daño”. “Nadie me mata con violencia”. Así que los otros cíclopes lo creen enfermo.

Cuando logran hacerse a la mar, desde el barco, el héroe le grita a Polifemo que jamás olvide que lo cegó Ulises, rey de Ítaca. Así es como Poseidón, padre del cíclope, conoce a quien debe dirigir su ira.

Polifemo encarna el infierno de aquellos que no han alcanzado la cultura. Hay cultura donde rigen prohibiciones básicas, como la del incesto, la del asesinato y la de la antropofagia. El cíclope ignora, cuanto menos, estas dos últimas. Mata personas y las devora. Pero hay un peligro más: el de la soberbia. Ulises se salva en la cueva cuando se presenta como “Nadie”. Y se condena, a sí mismo y a sus hombres, cuando le revela su identidad al monstruo injuriado.

El accidentado viaje del hijo de Laertes, que pasó diez años en las playas de Troya y otros tantos errando en el mar, comienza a delinearse así como un conjunto de pruebas, peligros y desafíos por sortear. Aunque disfrazados de ultraterrenos, uno es más humano que el otro.

Las islas que ya no están

El vino que le dieron a Polifemo estaba mezclado con loto. Ulises y sus hombres lo conocen en la isla de los lotófagos: los que comen loto experimentan el olvido. Esa instancia no aparece en la película (el recurso del loto se usa después).

Pero la memoria, entonces, es una prueba de fuego. No es un asunto menor para los soldados que han reducido Troya a cenizas. Mucho menos para Ulises, que arrojó al hijo recién nacido de Héctor desde lo alto de la muralla porque Agamenón no admitió que sobreviviera un heredero de la estirpe de Priamo (él mismo había sacrificado a su hija Ifigenia para conseguir vientos favorables). Para estos soldados, dejar de recordar era una bendición. Hay un poema de Borges, en “Fragmentos de un evangelio apócrifo”, que lo dimensiona acabadamente. “Yo no hablo de venganzas ni perdones / el olvido es la única venganza / y el único perdón”.

Tampoco aparece la isla de Eolo, dios de los vientos, que le regala a Ulises una bolsa con todas las brisas favorables. Cuando ya tienen Ítaca a la vista, la tripulación aprovecha que su líder se ha dormido y le sustrae el saco: creen que esconde riquezas inmensas. Los vientos lo alejan de la costa y lo devuelven donde Eolo. Pero el dios, ahora, niega toda ayuda. Les dice que lo que les ha ocurrido es prueba de que están malditos por los que moran en el Olimpo. Y los expulsa.

Así es como llegan a Telépilo, la isla de los lestrigones: gigantes caníbales. Es un lugar de altos acantilados y una estrecha entrada. La flota de Ulises llega y once de los doce barcos ingresan: el héroe intuye el peligro y amarra su nave afuera. Una partida de tres hombres es llevada por la hija del rey ante su padre, que los toma por espías. Así que mata a uno para devorarlo. Los otros huyen. El monarca monta en cólera y sus hombres atacan las naves: las hunden con rocas y lancean con arpones a los marineros. Sólo la nave de Ulises, que contempla la escena a la distancia, logra escapar. Este es el peligro de aquellos que no practican la ley de la hospitalidad. La que manda recibir a los visitantes con cortesía, porque podían ser dioses disfrazados de humanos. Casi un precursor del “derecho de gentes” que luego desarrollarían los romanos.

En la película de Nolan sí aparecen los lestrigones y, cinematográficamente, es una secuencia muy lograda. Contrataron deportistas altos, a los que enfundaron en armaduras, con lo cual consiguieron verdaderos “gigantes”. Aunque la trama obvia los detalles, la masacre de la casi totalidad de la flota de los itacenses es graficada con elocuencia. Aunque, otra vez, es la significación lo que se sacrifica. Los lestrigones, aquí, son un ejército de psicópatas dedicados al asesinato por puro pasatiempo.

Hechizos y aposentos

La siguiente escala es Circe. En el filme, es una bruja campesina resentida con la humanidad. Convierte a todos (incluso a los miembros de su familia) en animales. En la versión de Nolan, la tripulación se amotina al llegar a la isla de Eea, se interna en ella, llega donde Circe y ella les da de comer en su humilde vivienda y los deforma hasta convertirlos en cerdos. Esa escena está muy bien representada. Ulises, en soledad, caza un venado para comer, pero cuando va por el animal se da con el cadáver de un hombre. Ahí advierte la brujería y va donde Circe, se rehúsa a comer lo que le sirven, amenaza con matar a la hermana de la bruja (ha sido transformada en un ave) y consigue liberar a sus hombres de la maldición.

El poema es más complejo. Aún aturdidos por el horror de los lestrigones, Ulises divide a su tropa y manda un grupo a investigar. Ellos llegan donde la casa de Circe, una hechicera, hija de Helios, el dios del sol, que no vive en ningún rancho. Más aún: goza de servidumbre. Ella está tejiendo en un telar dentro de su palacio y les ofrece una cálida bienvenida. Pero Euríloco desconfía y se esconde. Los demás, desesperados por el hambre y el cansancio, entran. El alimento que les sirven está envenenado y Circe, con un conjuro, los convierte en cerdos.

Euríloco sólo sabe que los hombres entraron y nunca salieron. Corre a la playa y ruega a Ulises que zarpen y se vayan, pero él decide ir al rescate. En el camino se le presenta Hermes, el mensajero de los dioses, que le da una flor que lo hará inmune al hechizo, e instruye al héroe. Debe amenazar de muerte a Circe y, cuando ella se entregue, debe hacerla jurar por los dioses que no tramará ninguna traición posterior. Así lo hace. Y Circe termina llevándolo a sus “aposentos”. Luego, le sirven un banquete. Pero Ulises se niega a comer mientras sus hombres sigan perdidos. Ella los devuelve a su forma humana (inclusive, más jóvenes y hermosos). Y luego acoge al resto de la tripulación. En ese momento opera un reclamo de Euríloco, pero que no pasa a mayores. Circe los colmará de atenciones. Y los visitantes se quedarán… durante un año.

Circe encarna la tentación de dejarlo todo a cambio de la comodidad.

“Kleos” vs. “nostos”

Cuando se marchen, Circe les dice que sólo Tiresias, el adivino ciego (qué elogio de la dialéctica es un vidente no vidente) les revelará la manera de volver a Ítaca. Pero él ya ha muerto, de modo que sólo queda navegar hasta el Hades. En la película, allí se encuentran a Agamenón, que cuenta que su esposa, Clitemnestra, lo mató en venganza porque él sacrificó a Ifigenia. Pero no está Aquiles. En el poema, el encuentro con el hijo de Peleo es no sólo memorable, sino monumental.

Aquiles es el personaje excluyente de la Ilíada. “La cólera canta, oh Diosa, de Aquiles, hijo de Peleo” comienza ese poema. Aquiles fue sometido temprano a una opción de hierro: quedarse con su gente, los mirmidones, y reinar largamente, criar una familia, morir y ser olvidado; o ir a la guerra de Troya y morir joven, pero ganar renombre inmortal. Su elección es el “kleos”: la fama que vence el olvido. Pero cuando se le aparece a Ulises en el Hades, le dice que se arrepiente de su decisión. Le asegura que preferiría ser el siervo de un campesino pobre, antes que el rey de los muertos.

Ese encuentro marca un quiebre fenomenal entre “La Ilíada” y “La Odisea”. Porque Ulises ya no perseguirá el “kleos”. Su opción será por el “nostos”: el regreso a casa.

Justamente, de sobrellevar esa decisión está hecho el desafío de enfrentar el canto de las sirenas. Ulises hace que lo aten al mástil y que su tripulación se tape los oídos con cera. Así, ellos no oirán el canto irresistible. Y él será el primero en hacerlo y vivir para contarlo. Cuando la nave se aproxima, el viento cesa. En la película, Ulises revela que ellas le recordaron todas las promesas que hizo. Así que era irresistible oírlas, porque resultaba encantador y enloquecedor a la vez.

Pero en el poema, las sirenas prometen conocimiento. Quienes se acercan a ellas “aprenden mucho”. Y ellas, además, son la promesa del heroico cantar de su gesta en la guerra, porque “conocen” acerca de todo. Saben “cuánta fatiga padecieron argivos y teucros en la vasta Troya”. A eso sobrevive Ulises, el más inteligente de los hombres, tan curioso y deseoso de conocer que quiere, incluso, arriesgarse a escuchar a las devoradoras de hombres.

Desdibujamientos

En la película sí son notables las representaciones de Escila y de Caribdis. Ellos encarnan otra decisión perversa: acercarse al remolino y correr el peligro de que todos naufraguen, o navegar cerca de la costa y que el monstruo que allí acecha coma a seis de los tripulantes.

Y todavía queda la isla de Trinacria, donde pacen vacas y ovejas, que son nada menos que el ganado de Helios. En la película, hay una profecía de Tiresias. La tripulación sacrificará algunos de esos animales para comerlos y esa afrenta al dios del sol la pagarán con su vida. En el poema, es una advertencia de Circe. Si no molestan a las bestias, seguirán indemnes. Si lo hacen, sólo Ulises sobrevivirá. Pero pagará un precio: llegará “tarde y mal” a Ítaca. Así ocurre.

Aquí, quienes fracasan la prueba son los miembros de la tripulación. Pero, en un punto, los hombres que pierde Ulises pueden considerarse, también, como aspectos de su propia personalidad, de su propia humanidad, que él mismo va perdiendo. O resignando.

Mucho de estos significados se pierden en la película. Y muchos más también. Por ejemplo, la propia astucia de Ulises. Agamenón lo presenta como “el más inteligente de sus generales” porque él ideo la treta de “El caballo de Troya”. Pero la sagacidad de Ulises, su perspicacia, su inteligencia, su desconfianza, su sagacidad y su capacidad para engañar se desdibujan por completo en el filme. Aquí, la gran virtud del héroe es su estado atlético y su destreza con las armas. Y no mucho más.

La amnesia como amnistía

También están obviados los dioses. Sólo aparece Atenea, y casi como una insinuación. Por momentos, como el producto de la imaginación de Ulises. En el poema, el papel de los dioses es central. Si no fuera por Hermes, Ulises sería un cerdo de Circe. Si no fuera por Atenea, no habría tenido chances de entrar a su propio palacio como un mendigo, sin ser reconocido por nadie, con excepción de su perro, el fiel y moribundo Argos. Si no fuera por Poseidón, no habría vagado diez años en el mar. Si no fuera porque a Helios le ofendía el abigeato, no hubiera naufragado miserablemente para ver cómo se ahogaban sus últimos hombres. Y si no fuera por Zeus, seguiría donde Calipso.

Aferrado a una tabla, las olas llevan a Ulises a las costas de Ogigia, donde es recibido por la Ninfa, que lo agasaja con manjares, lo invita a disfrutar de la belleza de su tierra y lo cobija… en su propio lecho. Ulises se quedó durante siete años con Calipso. Ni él quería irse ni ella deseaba verlo partir. Pero Zeus ordenó que se le permitiera volver a Ítaca y ella accedió de mala gana.

En la película, Nolan anula esto por completo. Aquí, Calipso rescata a un náufrago malherido y al borde de la locura. Y ella le da loto para que el olvido calme su mente. Entonces, sólo debe preocuparse por sanar su cuerpo. Así que el Ulises “modelo 2026” es inocente de toda infidelidad. Es, tan sólo, un amnésico que no recuerda que tiene esposa e hijo. Ni siquiera que anduvo en Troya.

Con este giro, la película, definitivamente, pasa a ser “La Odisea” de Nolan, pero no la de Homero. En rigor, el filme se convierte en un nuevo retrato de un personaje que, con el paso de los siglos, ha sido merecedor de un nuevo rostro. Uno que lo presenta como un héroe más acorde a los cánones de lo que los contemporáneos valoran como “heroico”. Eso sí, ello no necesariamente se condice con la idea que los griegos tenían de ese arquetipo.

Los “pueblos del mar”

Nolan no es el primero (seguramente, tampoco el último) que en su “humanización” de Ulises lo que en realidad hace es “modernizarlo”. O si se quiere, “adecentarlo” para que sea una figura con los “códigos” que hoy son valorados. Pero el héroe de la antigua Grecia no es, precisamente, un hombre noble. Ha hecho de la mentira una moneda corriente. Su egocentrismo, gritándole su nombre a Polifemo, condenó a los suyos. Cuando una situación le genera desconfianza, salva su pellejo primero. Aún a costa del de su propia gente. Mientras su esposa lo esperaba durante dos décadas, siéndole fiel, criando a su hijo y cuidándole el trono, él vivió un año de amorío con una hechicera, y un romance de siete años con una ninfa. Y cuando volvió a Ítaca, mató a todos los pretendientes de Penélope y ejecutó a las sirvientas. Había regresado de Troya trayendo la guerra consigo.

El mismísimo “caballo de Troya”, elevado a la categoría de máxima expresión del engaño, es, en el contexto de la Grecia antigua, una de las acciones más canallas y sacrílegas de las que se haya escrito. Los troyanos creían que la estatua era un tributo a Atenea y para no ofender a la diosa lo llevaron hasta su templo dentro de la ciudad. Pero era, en realidad, el “envase” que escondía una guarnición de griegos que, durante la noche, abrieron las puertas de la ciudad. Luego la destruyeron.

Más aún: Ulises ni siquiera quería ir a la guerra. Cuando llegan los enviados de Agamenón, finge locura. Aparece sembrando su campo con sal. Palámedes desenmascara esa treta: coloca al recién nacido Telémaco frente al arado. Ulises lo esquiva y con ello queda probado que no estaba loco. Así que se embarca con su tropa, pero también con su rencor. Porque se encargará después de falsear pruebas y le “plantará” oro y una carta apócrifa, que presentará como pruebas de que Palámedes urdía una traición con los troyanos. El acusado murió lapidado por los propios soldados griegos. Ulises ni siquiera era buena gente. En todo caso, y por sobre todas las cosas, es un sobreviviente.

Pero algo de esta oscuridad sí se trasunta en la película de Nolan. Sobre todo hacia el final. Es en el desenlace cuando la película se reconcilia, por una escena (o más bien, por un monólogo), con la significación de las pruebas del héroe como desafíos de la propia humanidad. Hacia el final, frente a Penélope, dirá que los temibles “pueblos del mar”, que amenazan con arrasar con la civilización, ya están ahí: son los propios griegos. Ellos, y no otros, son los “pueblos del mar” que arrasaron con la sociedad troyana hasta sus cimientos.

Así, la guerra es la prueba mayor por dejar atrás. Ese mensaje antibelicista de “La Odisea” de Nolan bien merece tres horas en una butaca. Y bien vale 250 millones de dólares.

© LA GACETA